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Soplan Vientos: Política, Libros y Mentiras

Cuando en octubre de 1982, el Partido Socialista ganó las elecciones generales y formó el primer gobierno de izquierdas que España tenía desde la II República, Franco solo llevaba 7 años muerto. En ese corto espacio de tiempo se había aprobado en referéndum la Ley para la Reforma Política de Adolfo Suárez; se habían elegido unas Cortes Constituyentes que elaboraron la Constitución; se habían celebrado las primeras elecciones municipales, y unas segundas generales que volvió a ganar el presidente Suárez. Eso fue el 1 de marzo de 1979. El 23 de febrero de 1981, se produjo el golpe de Estado de Tejero, que fracasó porque el rey mando a parar. Y 18 meses después, un 28 de octubre por la noche, Felipe González y Alfonso Guerra anunciaban, desde un balcón de la calle Ferraz en Madrid, que su partido gobernaría España. Por fin estábamos en el siglo XX a todos los efectos. Los que habían votado por el cambio estaban exultantes, y con razón. Los que habían perdido, esperanzados en ganar la próxima vez, como es propio de una democracia. Pero a todos nos parecía que Franco había muerto hacía décadas.

Los políticos de la transición llegaron del futuro. Incluso aquellos que habían padecido el pasado en forma de cárceles y torturas, renunciaron a reivindicar cualquier clase de desquite o resarcimiento. Fueron contemporáneos de su tiempo porque se hicieron cargo del compromiso que debían asumir con la reconstrucción política de una nación democrática en la que pudiéremos convivir todos. Decidieron no demandar para ellos toda la verdad, porque sabían que cuando se tiene toda la razón no hay lugar para el otro, y sin el otro no es posible edificar nada.  

Ahora, una generación de políticos que aún no habían nacido cuando murió el general, se disputan el poder enarbolando unos sus huesos y otros sus pensamientos. No debaten sobre ideas o propuestas que puedan ser interpretadas por la población para adherirse a ellas o rechazarlas. Solo se acusan de mentir, de robar o de proteger a ladrones. No se escuchan entre ellos, y la confrontación se hace sobre lo que cada uno dice que el otro no confiesa.  Se lanzan a la cara libros y mentiras, y parece que Franco solo llevara unos meses en el Valle de los Caídos y no 44 años Puede que sean políticos jóvenes en edad, pero no son contemporáneos de su tiempo; solo son coetáneos del mismo por un hecho cronológico en el que ellos no tuvieron ninguna participación. No son políticos de esta época porque son incapaces de hacerse cargo de los desafíos que a ella les son propios. Ni parecen conscientes ni capacitados para vislumbrar siquiera el repertorio de problemas nuevos que reclaman hoy la atención de los Estados y de las sociedades. Un solo ejemplo: si en el plazo de 30 años se confirma el aumento de la temperatura del planeta en dos grados, es posible que parte de la tierra sea inhabitable para los humanos. Si eso ocurre, todos nosotros, y no solo los gobiernos, sentiremos vergüenza de mirarnos a la cara. Pero sería necesario sentirla ya antes de que sea demasiado tarde para hacer nada.

Soplan Vientos: Elecciones Generales

Las próximas elecciones generales serán anticipadas porque una moción de censura, que aún no ha sido justificada en términos de intereses nacionales, derrocó al Gobierno anterior.  La estabilidad institucional y el cumplimiento íntegro de los mandatos, son un valor democrático añadido que debe ser más respetado de lo que ha sido hasta ahora. Los gobiernos son elegidos para cuatro años, y aunque sea legítimo que el Parlamento provoque su dimisión anticipada, es algo que debe entenderse como el último recurso ante una grave crisis política que no pueda ser resuelta por otras vías, y siempre que el cambio resulte una solución en sí mismo. Ninguna de esas dos condiciones se ha dado en este caso. La estrafalaria alianza de partidos que provocó la caída de Mariano Rajoy, fue el resultado de una concurrencia de intereses espurios que iban desde la voluntad de debilitar al Estado por parte de los partidos separatistas como venganza por la aplicación del artículo 155, hasta la desmesura de esa rara izquierda de Podemos dispuesta siempre a apoyar cualquier propuesta, venga de donde venga, no por sus contenidos, sino por la radicalidad desestabilizadora que puedan suponer. Prueba de ello es que lo mismo hace suyo el separatismo reaccionario de la burguesía catalana, y el no menos reaccionario e insolidario movimiento de los taxistas, como las ocupaciones de fincas en Andalucía o la lucha contra los desahucios. No importan los significados, solo su capacidad de impactar sobre lo que ellos consideran un régimen a derrumbar. En esa radicalidad inútil para la gente que dicen representar, está la causa del enorme fracaso electoral que todas las encuestas les vaticinan.

Como beneficiario de todo ello, el gran forjador de una de las operaciones políticas más oportunistas, desleales, y eficaces de la democracia. Un dirigente de ambición personal patológica, capaz de llevar a cabo un plan que parecía imposible: vencer a su partido primero, y conseguir después ser presidente del gobierno con 84 diputados de 350.

No sabemos cuál será el resultado de las próximas elecciones. Pero es seguro que no resolverá el verdadero problema que, a mi entender, sufre nuestro sistema político, como es la ausencia de un verdadero parlamentarismo, y la consolidación de un modelo de partidos políticos caudillistas y de funcionamiento autoritario, que han eliminado cualquier atisbo de debate interno o de toma de decisiones colegiadas, homologando la disidencia con la traición. La implantación de las llamadas primarias para elegir a los máximos dirigentes, ha significado investir a los líderes de un poder absoluto sin sometimiento a ninguna clase de control interno ni ponderación. La forma descaradamente despótica de designación de los candidatos y la inmisericorde purga de todo aquel que no fuera de probaba sumisión al líder, prescindiendo de sus méritos o capacidades, es algo totalmente ajeno a un sistema democrático. Esos caudillos son los que deciden quienes serán los diputados que les “representen a ellos” en el Congreso y en el Senado. El pueblo refrendará el número que le corresponde a cada uno, pero eso no es parlamentarismo.  Es otra cosa.

Soplan Vientos: Populismo la venganza póstuma de Franco

Posiblemente, nunca hayamos llegado a tener como nación, es decir, como comunidad política y ciudadana, una realidad democrática afianzada, no solo en las instituciones políticas y en los métodos de elección de los gobiernos, sino en la conciencia y en el conocimiento de una mayoría social real. Creo que jamás habitó de verdad entre nosotros una educación democrática entendida esta como un compromiso personal con lo común, y una predisposición a comprender las razones del otro, y a aceptar que uno no puede tener toda la razón durante todo el tiempo, ni es posible que los demás estén siempre en el error

   Sobre una realidad sociológica que, en términos culturales y educacionales,  era fruto de  40 años de dictadura, se puso en  marcha una transición democrática que dio por  obvia la adhesión del conjunto de la población a los valores constitucionales, en base a un  relato de   resistencia popular al franquismo y a un anhelo de libertad de las masas que, por  desgracia,  solo era verdad referido al heroísmo de sectores muy minoritarios de la clase obrera y del mundo de la cultura, liderados, casi en solitario, por militantes del Partido Comunista de España, y del PSUC en Catalunya. Sin embargo, esa leyenda quedó establecida como cierta dando lugar, no solo  a una lectura falsa de la realidad de la sociedad española de ese momento, cuyas consecuencias están dando la cara hoy, sino a la  enorme iniquidad moral y política que significó la falta de reconocimiento de la deuda que la nación tenía contraída con  todos aquellos hombres y mujeres que de verdad lucharon contra la dictadura, y que pagaron su inconmensurable valor y entrega,  con muchos años de cárcel, de torturas y de muerte. Y no solo ellos, sino también sus familias, fueron víctimas de toda clase de padecimientos y carencias.

   Políticamente, esa injusticia se reflejó en los resultados de las primeras elecciones generales del 15 de junio de 1977, que si bien expresaron una conformidad mayoritaria con la reforma democrática, el partido que las ganó, con 165 diputados, fue la UCD, creado por el franquismo reformista, mientras el PCE, auténtico protagonista de la lucha por la libertad, solo consiguió 20 diputados.

   Quiero decir con todo esto que, de hecho, la mayoría de los españoles, vivían habituados al régimen de Franco, y aunque es cierto que una vez muerto el general aceptaron con esperanza el paso a la democracia, ni tenían conciencia antifranquista y democrática, ni un compromiso de participación, política, ni tampoco de   ruptura cultural con el franquismo.

   Pero lo peor de todo, es que esa carencia de conciencia democrática y ciudadana, no ha sido superada en absoluto en estos 40 años de Constitución. Y eso a pesar de que la izquierda ha gobernado la mayor parte de ellos, amén de su hegemonía en el campo de la cultura, de la educación; en los medios de comunicación, en el funcionariado y en el sector público en general. Por el contrario; el analfabetismo político, la falta de interés participativo, y la incultura mayoritaria, no solo no han desaparecido, sino que se han transmitido a gran parte de las nuevas generaciones, que solo parecen contemporáneas en lo que se refiere a los hábitos consumistas y a los modismos indumentarios.  Ahora, incluso, los ignorantes se enorgullecen de serlo; se aburren con cualquier cosa que suene a cultura, a política, o a compromiso social, y parecen convencidos de que solo merece la pena saber de aquello que les sirve para pasárselo bien o para encontrar un trabajo que les permita pasárselo mejor.

   Para la mayoría de los españoles, democracia solo es apostar con el voto por alguien que promete solucionar tus problemas, que te cobrará menos impuestos, o que te subirá la pensión. Votar, por lo tanto, se ha convertido en un mero ejercicio de transacción mercantil, carente de cualquier vínculo empático de tipo ideológico, cultural o político. Hasta el nacionalismo catalán, que se nos presenta como símbolo de un afán indentitario, se construyó bajo el lema “España nos roba”. Por eso el populismo, lo ha tenido fácil para triunfar. Las elecciones son subastas en las que se puja por los votos, y sus dueños no dudan en reconocer que se lo venden al que más le ofrezca. Es el populismo en estado puro. En realidad, siempre estuvo entre nosotros. Es como la venganza póstuma de Franco, a la que se han ideo adhiriendo todos los partidos y todas las ideologías, porque huele a poder. Ahora nos gobierna su versión de izquierdas, y la de derecha aguarda su turno. Pero todo es lo mismo. Si las elecciones fueran secretas y ganaran los otros, ni siquiera lo íbamos a notar. El populismo no es una ideología, sino una estrategia para alcanzar el poder, basado en la política basura, pero tan exitosa como la telebasura. El precio lo estamos pagando en la configuración de una democracia caudillista, plebiscitaria, prebendaría, y demagógica. Hay que seguir luchando, pero duele mucho que manden los malos y que digan que son de los tuyos.

Soplan Vientos: LA TRIBU LLAMA

«Para alcanzar nuestros propósitos es mejor que nos dirijamos a la pasión de los hombres y no a su razón”  (Voltaire). Ciertamente, estamos viendo en estos días como  se  ondean las banderas y se avientan las gargantas, convocándonos a la cita con la tribu, a las exaltaciones de los propios y la demonización de los otros. Todo es un  reclamo  para unir fuerzas y ganar el poder o conservarlo, pero se sublimizan los significados de las categorías políticas disfrazándolas de una dignidad que ocultan las verdaderas intenciones. La  construcción de  los sujetos políticos colectivos como usuarios de las estrategias de poder previamente diseñadas, fuerzan la crispación social para crear antagonismos civiles que no responden  a condiciones objetivas de inequidad o injusticias, como sí lo hace la lucha de clases, sino a la fragmentación de la población en base a distintos relatos transversales  y     victimizadores   llevados al extremo. “España nos roba”, “a las mujeres nos están matando” o “se está traicionando a la nación”, son  artefactos políticos inventados con la misma lógica de manipulación de nuestros impulsos más irracionales y primarios.  

Frente a eso solo podemos oponer la resistencia irreductible del pensamiento crítico  y la defensa de la libertad individual, para decir no  a cualquier convocatoria que nos induzca a ser todos lo mismo e iguales bajo la hegemonía de interpretaciones indentitarias  definidas en confrontación con otras, que terminan por destruir la convivencia y la democracia. Es necesario enfrentarse decididamente a los  mandatos de sumisión y  obediencia ante aquellos  que se  presentan   como los  custodios de la única y definitiva  interpretación de lo que somos o debemos ser, porque democracia y caudillismo son conceptos antitéticos por muchos votos que puedan enarbolar los caudillos.

Las dictaduras  pueden perdurar durante cierto tiempo,  pero la rebeldía y la esperanza de recuperar la dignidad, continúan viva en las personas conscientes. Sin embargo,  las ideologías y los nacionalismos dogmaticos  que no admiten ninguna otra explicación,   aunque no se impongan por la fuerza,  sino  por la persuasión o la tradición, pueden ser tan inicuos como las peores tiranías. Constituyen un autoritarismo primitivo que homologa el acatamiento a lo establecido por los que tienen el poder de definir sus contenidos,  con la fidelidad y el sentido de pertenencia, al pueblo, a la comunidad, o al partido. Aniquilan la libertad de pensamiento porque equiparan pensar con traicionar Pero no se trata de una disyuntiva entre buenos y malos, entre ilusos ciudadanos y  perversos políticos manipuladores, sino entre  aquellos que optan por ejercer la responsabilidad de razonar por sí mismo y ser perseverante en el ejercicio de la libertad, y los que ceden a esa propensión del ser humano a la subordinación,  a dejarse llevar por el guía  en el que  relega la facultad de discernir en su nombre. José Saramago decía que tenemos que ser hombres con conciencias, pero no una conciencia “para mirarme por la mañana al espejo y decir, mira que buena conciencia tengo”, sino una conciencia para compartir con otros la lucha contra todas las cadenas.

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