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SOPLAN VIENTOS: El voto de compra y venta.

La política debería ser la profesión a tiempo parcial de todo ciudadano”.
Dwight D. Eisenhower, presidente de Estados Unidos entre 1953 y 1961.

El concepto de ciudadanía nació hace unos 2500 años en la ciudad Estado de Atenas, dentro del primer sistema político que la historia califica como democrático, a pesar de que existía la esclavitud, y las mujeres no tenían derechos políticos de ninguna clase. Ser ciudadano significaba pertenecer a una categoría social  reservada, bajo determinadas condiciones, a los varones mayores de edad y  libres, que incluía, entre otras, las obligaciones de ir a la guerra, la de participar  en la asamblea de gobierno de una forma activa, y  aceptar los cargos públicos le pudieran encomendar. Por lo tanto, la condición de ciudadano se definía  en  primer lugar por el cumplimiento de una serie de obligaciones relacionadas con la poli, o sea, la política.

En la actualidad, la palabra ciudadano se usa en contraposición al de súbdito o vasallo, una interpretación que arranca de las revoluciones francesa y americana, y sus declaraciones de derechos del hombre, de finales del siglo XVIII.  Con ellas, el concepto de ciudadano,  deja de estar sujeto  a ninguna condición previa personal,  pues todos los individuos pertenecientes a la nación son considerados como tales solo por haber nacido en ella.

Es cierto que la ciudadanía  no significa nada si no hace a las personas sujetos de derechos, pero tampoco puede alcanzar su plenitud moral y ética, y no solo instrumental, si los individuos no asumen una serie de obligaciones personales que tiene que ver con el compromiso político, con la solidaridad y con la responsabilidad y el buen uso de lo que es propiedad de todos. Pues, como ocurría en la antigua Grecia, son las obligaciones y no los derechos, los que dotan a la categoría de ciudadano de todo su sentido. Se pueden tener  derechos sociales y económicos en plenas dictaduras,  pero el ejercicio de obligaciones libremente aceptadas, que signifiquen una implicación en los asuntos públicos y colectivos, solo puede darse cuando hay libertad política, pues precisamente esa implicación es la esencia misma de la democracia.

Por eso hoy día la principal amenaza para la democracia es un electorado sin formación política, sin verdadera conciencia de lo que significa la ciudadanía y de cuáles pueden ser las consecuencias de su voto. Son los votos de los ignorantes los que encumbran a  los irresponsables y populistas, que al llegar  al poder  ponen  en peligro el bienestar y la paz de todos. El que vende su voto al mejor postor es el responsable de que los partidos políticos  mercantilicen su papeleta y conviertan las campañas electorales en una mera  subasta que envenena el método democrático, lo vacía de todo sentido y lo convierte en una farsa. El  “Yo voto al que más me ofrezca”, provoca la aparición de los compradores de votos. Unos ofrecen más derechos  y servicios gratuitos, aunque no haya medios para financiarlos y terminen causar más daño que beneficios, y otros prometen expulsar a los inmigrantes o hacer censos étnicos, mientras claman por un patrioterismo falsario y obsoleto que convoca a los hombres a comportarse como simios en defensa del territorio. Pero que no se engañe nadie, todos están movidos por el mismo impulso; la ambición de poder. Ni creo que los de Vox odien a los inmigrantes, ni que a los de Podemos les importen los pobres más que a los demás.  Cada uno pesca en el caladero que le es más propicio. Pero los más culpables son aquellos que ponen sus votos en la almoneda. Los llamados apolíticos.   Sé que son la mayoría. Así nos va…

Soplan Vientos: LA TAREA DE PENSAR

Pensar es algo más que disponer de ideas. Más bien es someter el repertorio de ideas de las que uno dispone a una autocritica permanente, para ver si su vigencia y su consistencia siguen siendo tan solventes como en un principio nos parecían. Pensar es un ejercicio de interpretación y reinterpretación constante, del conjunto de prejuicios y convenciones que dan soporte a nuestra forma de ver la vida y descifrar lo que nos ocurre. Pero es un examen que debe llevarse a cabo sin miedo a que desmienta muchas de las certezas que anteriormente hayamos podido suponer incuestionables. Porque considerar que la fortaleza de nuestras ideas se demuestra por su inmutabilidad a lo largo del tiempo, y que pensar a los 65 años lo mismo que a los 22, es una prueba de coherencia digna de elogio, no solo es una sandez, sino la prueba más palmaria de que ni a los 22 ni a los 65 se ha reflexionado de verdad sobre nada. En todo caso, nos habremos adherido a un conjunto de proposiciones más o menos doctrinarias, que en su día nos parecieron sugestivas.

Ese cuestionamiento de aquello que uno cree saber, es una vieja tarea que comenzó a desarrollar un hombre en Grecia, caminando por las calles de Atenas, hace 2400 años aproximadamente. Es cierto que no acabó muy bien. Lo que demuestra que, por lo general, las preguntas perturban o incomodan mucha más que las respuestas, y que alguien que predica la duda como condición indispensable para alcanzar algunas seguridades, que además siempre serán provisorias, es un tipo más que sospechoso. Pero lo que más importunaba a los poderosos de la época de la labor de Sócrates, no era tanto que él incitara a la gente a cuestionarse el saber establecido, sino la perspectiva desde la cual les  proponía  que recapacitaran sobre  sus creencias: “Yo desconozco la verdad, decía Sócrates,  pero al parecer hay hombres y mujeres que sí están en posesión de ella. Por lo tanto, es de suponer, que en dialogo con esas personas, yo también podré alcanzar el conocimiento certero sobre las cosas que nos importan a todos” Sin embargo, poco a poco, se da cuenta de que, efectivamente, en Atenas hay muchos individuos que disponen de un saber acerca de lo que cada una de ellos hace, pero que es un saber muy connotado por la certidumbre y por el rasgo de lo axiomático. Y cuando el filósofo comienza a indagar la raíz de esa certitud, advierte que no es la fortaleza de las convicciones la que la sostienen, sino el pánico de la gente a aprender de nuevo. Y que el dogma descansa muchas veces sobre el miedo a la duda, a lo incierto, a lo que debe ser de nuevo buscado y aprendido.

   Decía Oscar Wilde, 25 siglos después, que es conveniente ser un poco imprevisible. Y es verdad que es preferible ser más contingente o incierto. Desmentir a los espejos. Cuestionar o preguntar a las ideologías, por ejemplo, sobre su papel en la sociedad actual, sobre cuáles son sus objetivos últimos y al servicio de quien están de verdad, sin que el recurrente “al servicio del pueblo” sea una respuesta aceptable. Pero sobre todo, debemos reclamar el valor de la duda y el derecho a cambiar la forma de interpretar la realidad, sin tener que justificarnos ante nada. Tampoco ante nosotros mismos. Alguien que está completamente seguro de todo, es una persona ante la cual solo cabe escuchar y asentir

Soplan Vientos: Nacionalismos

Los nacionalismos catalanes y vascos, tiene unas raíces históricas, indudables, pero su aplastante hegemonía política, social y cultural, se ha construido desde el poder en tan solo cuatro décadas. El mismo poder que el Estado puso en sus manos, y con el que le han hecho desaparecer totalmente de sus territorios. Después de 40 años de democracia, los catalanes y vascos que ya no se sienten españoles son diez veces más numerosos que cuando vivían bajo el franquismo. La mayoría de los catalanes se declaran independentistas, y el País Vasco es, de hecho, un pequeño Estado asociado cuya aparente cordialidad con el Estado español se debe a que este no cuestiona esa realidad

Pero el nacionalismo es un retroceso histórico. O, mejor dicho, el nacionalismo marcha en sentido contrario al progreso de las sociedades, y a la extensión de los valores que nos humanizan y nos hacen sentirnos más iguales y solidarios. Y no es democrático porque es una ideología totalizadora que se construye, siempre, en confrontación con los otros. No es democrático porque es supremacista en la medida que se fundamenta sobre la idealización de lo propio frente a la inferioridad de la identidad a la que se quiere combatir.  No es democrático porque no reconoce la preeminencia que deben tener los derechos de un hombre o de mujer como individuos sobre las tradiciones o los valores comunitarios hegemónicos en cada momento histórico. No es democrático porque solo considera “pueblo” o sujeto de derechos colectivos a aquellos que abrazan su ideario y sus objetivos, extendiendo una sombra de sospecha sobre todos los que se resisten, y homologando ser de los suyos con ser ciudadanos. Lo cual se convierte en una poderosa arma de persuasión. Sin embargo, hoy, tanto en Catalunya como en el País Vasco, cuestionar las ideas nacionalistas se equipara a no ser demócrata.

Es el resultado de cuarenta años ininterrumpidos de ejercicio del poder por parte de un entramado corporativo de ambiciones políticas y económicas, que entendió desde el principio que el poder real no estaba ni en las instituciones de la política, ni siquiera en los llamados poderes facticos tradicionales, sino en lo que Foucault define como “la trama de poder microscópico o capilar”. Poderes que se manifiestan en distintos niveles, se apoyan mutuamente, y de una forma sutil, ejercen un dominio total de la sociedad. De esa forma, el ideario nacionalista se fue infiltrando en las instituciones de enseñanza en todos sus grados, en el mundo de la cultura, en los organismos corporativos o colegiados de las profesiones liberales, en el deporte, en el mundo empresarial, y sindical, en el gigantesco entramado burocrático y del sector público que emplea a cientos de miles de personas, de las que dependen cientos de miles más, y que, como ocurre siempre, son adictas al régimen. En la enorme maraña de ONGs, subvencionadas y profesionalizadas, de todo tipo y condición, que actúan como la infantería del poder político. Y, en general, cualquier ámbito de influencia social, tanto en Catalunya como en el País Vasco, se encuentra atravesado por el dominio hegemónico del nacionalismo.  Y toda exteriorización   del componente español latente en una gran parte de sus poblaciones, es ya puramente residual o folklórico. O se encuentra en proceso de extinción.

Soplan Vientos: LA EDUCACIÓN, LA REVOLUCIÓN SILENCIOSA

Solo por garantizar el derecho a la educación de todas las personas con independencia de su clase social, los Estados Modernos justificarían de sobra su papel histórico. Hay otros derechos fundamentales relacionados con la salud, la vivienda, el trabajo, las libertades políticas, etc, pero solo la educación transforma a la persona. La reviste de dignidad, de razón y de autonomía. Solo la educación crea conciencia social y desarrolla las capacidades potenciales del ser humano, precisamente para desarrollar su humanidad.

La educación es necesaria para todos, sea cual sea su clase social o su procedencia, pero los que tienen recursos económicos pueden garantizar la educación de sus hijos, desde los centros de enseñanza privados, y desde los mismos hábitos culturales de la familia, las personas de origen humilde, donde la necesidad más apremiante impiden desarrollar otras inquietudes más elevadas, solo cuentan con la sociedad para educarse. Solo con el Estado. Y ahí es donde este adquiere su mayor sentido de ser. Su principal obligación. Nada iguala más que la educación porque la educación lucha contra esa fatalidad que ha perseguido al ser humano desde el principio de los tiempos, según la cual el hijo del pobre tiene que ser pobre, el hijo del ignorante tiene que ser ignorante. Por eso es posible que la única revolución verdadera sea la que libremos contra la ignorancia, contra el desamparo de una persona incapaz de comprender el mundo que le rodea y que tiene que aceptar la versión que de su propia vida le cuentan los demás. A esa persona la educación le brinda la segunda oportunidad que su nacimiento le negó. Porque nacer a la educación es nacer a la sociedad, es crecer en el proceso de humanización y nacer a la libertad personal.

De la educación depende, en gran parte, nuestro destino como individuos, pues es evidente que una persona con conocimientos científicos, técnicos, artísticos, profesionales, etc., tendrá los medios necesarios para conseguir desarrollar los fines de su vida de manera más plena y creativa, pero, al mismo tiempo, una educación que vaya más allá de la conquista de esos medios, y que nos haga crecer como seres humanos, como personas cultas y positivas, nos ayuda buscar esos fines y el sentido de la mismo existencia.  Además, solo con una población culta puede alcanzarse una democracia verdadera y una sociedad libre y participativa, donde todas las personas tengan garantizados sus derechos y sean conscientes de sus obligaciones. Donde la política sea un medio para solucionar los problemas sociales y buscar el mejor gobierno de las cosas. Pues los principales conflictos que hoy tenemos como nación, tienen que ver con esa falta de educación en valores, o de cultura democrática, que todo viene a ser lo mismo. Las invocaciones a las identidades étnicas o culturales como forma de aglutinar a la gente frente a los otros, con el único objetivo de satisfacer las ansias de poder y los intereses creados, tienen el éxito que tienen hoy en Catalunya y en otros lugares, como consecuencia de una perversión educativa, a través de la cual se ha impuesto un relato doctrinario y falso, que no ha encontrado oposición en otra clase de educación basada en los valores contrarios. Porque en el fondo, todo es un problema educativo.

Soplan Vientos: LA LIBERTAD COMO TAREA

“Trata a un hombre tal como es, y seguirá siendo lo que es; trátalo como puede y debe ser, y se convertirá en lo que puede y debe ser.”

Johann Wolfgang von Goethe

Dice Aristóteles que tiene más valentía el hombre que conquista sus deseos que el que conquista a sus enemigos, porque la victoria más dura es la victoria sobre uno mismo.  Todos nosotros sabemos que a lo largo de nuestra vida hemos renunciado a muchas de nuestras aspiraciones porque no hemos podido vencer la falta de voluntad. Porque nos hemos plegado a la comodidad y al conformismo.  Con demasiada frecuencia queremos justificar nuestra poca persistencia en la lucha por aquello que sabemos necesario, con excusas referidas a nuestras limitaciones personales, a nuestras necesidades más perentorias, a las tradiciones, o a la misma familia. Sin embargo, en nuestro interior sabemos que la verdad guarda más relación con nuestra falta de perseverancia en el empeño y con esa propensión que los humanos tenemos a dejarnos persuadir por las dificultades. 

La libertad no existe si no hacemos uso de ella haciéndonos cargo de nuestra condición de seres humanos como un proyecto de realización personal. Porque cada uno de nosotros es un hombre o una mujer único e irrepetible y constructor de su devenir. Su paso por este mundo será lo que haya sido capaz de hacer con su vida; si la ha vivido o simplemente ha durado.

   No es tarea fácil enfrentarse a la inercia de culpabilizar a los demás de nuestras carencias, aunque en la mayoría de los casos los demás no sean más que una entelequia, una abstracción a la que muchas vences no podemos poner rostro, o no queremos ponérselo porque sabemos que es el nuestro. Es duro enfrentarse al hábito de delegar en otros la responsabilidad de pensar por nosotros, y a aceptar como incontestables los diagnósticos y las terapias que desde fuera se hacen sobre lo que somos y lo que precisamos.  Pero es necesario correr el riesgo del discernimiento crítico con el pensamiento establecido, incluido el nuestro.  Eso significa vivir en la disidencia constructiva, y negarnos a aceptar que somos lo que está previsto que seamos, bien sea por la cuna, por la tradición, o porque los demás ya lo decidieron Seguir el terreno marcado, y responsabilizar a otros de lo que nos ocurre en la vida, es, desde luego, más tranquilizador y confortable, y casi farmacológico, en la medida que libera nuestra conciencia de dar cuenta de nuestros actos, pero si tenemos la vocación de ser libres, debemos cargar con la responsabilidad de lo que hacemos y, sobre todo, de lo que no hacemos.

Soplan Vientos: Política, Libros y Mentiras

Cuando en octubre de 1982, el Partido Socialista ganó las elecciones generales y formó el primer gobierno de izquierdas que España tenía desde la II República, Franco solo llevaba 7 años muerto. En ese corto espacio de tiempo se había aprobado en referéndum la Ley para la Reforma Política de Adolfo Suárez; se habían elegido unas Cortes Constituyentes que elaboraron la Constitución; se habían celebrado las primeras elecciones municipales, y unas segundas generales que volvió a ganar el presidente Suárez. Eso fue el 1 de marzo de 1979. El 23 de febrero de 1981, se produjo el golpe de Estado de Tejero, que fracasó porque el rey mando a parar. Y 18 meses después, un 28 de octubre por la noche, Felipe González y Alfonso Guerra anunciaban, desde un balcón de la calle Ferraz en Madrid, que su partido gobernaría España. Por fin estábamos en el siglo XX a todos los efectos. Los que habían votado por el cambio estaban exultantes, y con razón. Los que habían perdido, esperanzados en ganar la próxima vez, como es propio de una democracia. Pero a todos nos parecía que Franco había muerto hacía décadas.

Los políticos de la transición llegaron del futuro. Incluso aquellos que habían padecido el pasado en forma de cárceles y torturas, renunciaron a reivindicar cualquier clase de desquite o resarcimiento. Fueron contemporáneos de su tiempo porque se hicieron cargo del compromiso que debían asumir con la reconstrucción política de una nación democrática en la que pudiéremos convivir todos. Decidieron no demandar para ellos toda la verdad, porque sabían que cuando se tiene toda la razón no hay lugar para el otro, y sin el otro no es posible edificar nada.  

Ahora, una generación de políticos que aún no habían nacido cuando murió el general, se disputan el poder enarbolando unos sus huesos y otros sus pensamientos. No debaten sobre ideas o propuestas que puedan ser interpretadas por la población para adherirse a ellas o rechazarlas. Solo se acusan de mentir, de robar o de proteger a ladrones. No se escuchan entre ellos, y la confrontación se hace sobre lo que cada uno dice que el otro no confiesa.  Se lanzan a la cara libros y mentiras, y parece que Franco solo llevara unos meses en el Valle de los Caídos y no 44 años Puede que sean políticos jóvenes en edad, pero no son contemporáneos de su tiempo; solo son coetáneos del mismo por un hecho cronológico en el que ellos no tuvieron ninguna participación. No son políticos de esta época porque son incapaces de hacerse cargo de los desafíos que a ella les son propios. Ni parecen conscientes ni capacitados para vislumbrar siquiera el repertorio de problemas nuevos que reclaman hoy la atención de los Estados y de las sociedades. Un solo ejemplo: si en el plazo de 30 años se confirma el aumento de la temperatura del planeta en dos grados, es posible que parte de la tierra sea inhabitable para los humanos. Si eso ocurre, todos nosotros, y no solo los gobiernos, sentiremos vergüenza de mirarnos a la cara. Pero sería necesario sentirla ya antes de que sea demasiado tarde para hacer nada.

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