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Historia: UN ZAFRENSE EN LA CORTE NOVOHISPANA: FRANCISCO JAVIER VENEGAS DE SAAVEDRA Y RODRÍGUEZ DE ARENZANA, VIRREY DE LA NUEVA ESPAÑA (1810-1813).

Mucho se ha escrito sobre el considerable número de extremeños que, desde finales del siglo XV, llegaron a América y se convirtieron en auténticos protagonistas del proceso de descubrimiento y conquista de aquellas tierras durante la siguiente centuria. Sin embargo, la historiografía se ha detenido bastante menos en resaltar la figura de otros personajes de nuestra tierra que, de una u otra forma, adquirieron un notable grado de jerarquía en puestos de máxima representación durante el periodo colonial, como fue el caso de Francisco Javier Venegas de Saavedra y Rodríguez de Arenzana, oriundo de la ciudad de Zafra.

Hijo de Francisco Venegas de Saavedra Melgar y Francisca de Borja Rodríguez de Arenzana y Mora, Francisco Javier nació en Zafra el 2 de diciembre de 1754, tal y como se recoge en su acta de bautismo, firmada el 6 de diciembre en dicha localidad.

Aunque estudió carrera de humanidades, pronto decidió abandonar las letras por las armas, ingresando como cadete en el Regimiento de Infantería de Murcia, que se hallaba en Orán, en 1772. Tras formar parte de la expedición de Argel (1775), participar en el bloqueo y sitio de Gibraltar (1778-1781), en la toma de Menorca (1781), en la defensa de Ceuta (1791) o en la Guerra contra la Convención (1793-1795), en 1795 decidió retirarse de la vida militar. Sin embargo, la invasión de España por parte de Napoleón Bonaparte en la Guerra de la Independencia Española motivó su regreso a filas, participando en la batalla de Bailén y siendo nombrado comandante jefe del ejército en Andalucía. En junio de 1809 fue promovido al grado de Teniente General y cuando comenzaba el sitio de Cádiz, el 6 de noviembre, fue nombrado Gobernador de dicha plaza.

El Consejo de Regencia establecido en Cádiz en 1810 lo nombró Virrey de Nueva Granada y Presidente de la Real Audiencia de Santa Fé de Bogotá, aunque poco después fue designado Virrey de Nueva España (siendo el único extremeño que ostentó dicho cargo), por lo que cesó en sus anteriores cargos, embarcando en Cádiz el 12 de julio, en la fragata Atocha, llegando a Veracruz y dirigiéndose a la capital del virreinato.

 Su misión principal consistió en restablecer el orden institucional, interrumpido desde que en 1808 los españoles de la capital novohispana habían destituido al virrey José de Iturrigaray por haber simpatizado con el proyecto de formar una Junta Gubernativa compuesta por americanos, encargada de gobernar en ausencia del rey, quien había sido sustituido por José Bonaparte en el trono de España. Con este encargo y con 50 años de vida, Venegas llegó a Ciudad de México el 14 de septiembre de 1810.

Sin embargo, dos días después de su toma de posesión el padre Miguel Hidalgo lanzó públicamente el famoso “Grito de Dolores”, llamando a sus fieles a la rebelión, contra el gobierno virreinal español, iniciando la insurrección que cimbraría los cimientos de la estructura colonial.

A Venegas, de carácter “imperioso, desconfiado y áspero”, le correspondió presenciar el inicio del desmoronamiento del orden colonial. En la capital mexicana permaneció hasta el 4 de marzo de 1813, es decir, durante la primera fase de la guerra de Independencia de México, hasta que fue sustituido por el general Félix María Calleja del Rey, siendo acusado de haber actuado con demasiada laxitud frente a los insurgentes.

La resistencia de los insurgentes, las acusaciones de que procedía sin un plan coherente y eficaz para combatir a los rebeldes, así como los constantes conflictos con Calleja, su lugarteniente, ocasionaron finalmente su destitución a finales de febrero de 1813.

Una vez de vuelta en España, se le concedió la Gran Cruz de Isabel la Católica y la de San Fernando, orden de la que fue nombrado miembro de la Asamblea Suprema en 1815. Igualmente, el rey Fernando VII lo recompensó, ya en 1816, concediéndole el título nobiliario de marqués de la Reunión de Nueva España.  A partir de mayo de 1824 ocupó puestos honoríficos militares. Desde 1834 hasta 1836 formó parte del Estamento de Próceres (uno de los dos cuerpos legislativos españoles que compusieron las Cortes de acuerdo con el Estatuto Real de 1834). A su muerte en Madrid, en 1838, era comendador de la Orden de Calatrava y tenía la Gran Cruz de San Fernando, San Hermenegildo, Carlos III e Isabel la Católica, de cuya Asamblea era decano.

Historia: UN PASEO POR LA HISTORIA DE VALVERDE DE BURGUILLOS

El nombre de Valverde, según el cronista de la villa, Juan Antonio Gallardo, procedería de su ubicación, pues su significado es “Valle Verde”, que es precisamente el lugar donde se encuentra ubicado el municipio. Situado en el suroeste de la Baja Extremadura -entre Zafra, Fregenal de la Sierra y Jerez de los Caballeros- está enclavado en un hermoso valle perteneciente al último tramo de Sierra Morena. El calificativo de “verde” se lo debe, sin duda, a la gran cantidad de manantiales que existen en la zona, algo que confiere al municipio una relación ciertamente especial con el agua.

Su apellido, “de Burguillos”, ha ido variando a lo largo de la historia, dependiendo en gran parte de la arbitraria decisión del escribano de turno, siendo fácil encontrar en la documentación los apelativos “Valverde junto a Burguillos”, “Valverde jurisdicción de la villa de Burguillos” o “Valverde de Burguillos”, hasta que el 2 de julio de 1916 adquirió su nombre actual.

Los orígenes de Valverde se remontan a la Prehistoria. Las primeras referencias que atestiguan la presencia humana en el entorno de la actual localidad se remontan al Calcolítico, aproximadamente hacia el año 3000 a.C, pues se ha localizado un pequeño poblado cerca del actual núcleo urbano, en un lugar conocido como “El Perrero”, donde abundan los materiales líticos de dicho periodo. Además, en un paraje muy cercano, denominado “El Viñazo”, se localizaron igualmente un dolmen, algunos restos humanos y diversos materiales de piedra y sílex.

Es muy posible que Valverde fuese un lugar muy transitado también en época romana, considerando su ubicación dentro del triángulo conformado por Contributa Iulia Ugultunia (Medina de las Torres), Seria (Jerez de los Caballeros) y Nertóbriga (Fregenal de la Sierra). De hecho, existen importantes vestigios arqueológicos de dicho periodo dentro del término municipal que confirman la presencia romana en la zona, destacando las tumbas de incineración del siglo II d.C encontradas en el espacio que hoy ocupan la Casa de la Cultura y la Pista Polideportiva; las tumbas halladas en el atrio de la Ermita de Nuestra Señora del Valle -datadas en el siglo IV d.C-, junto a una pila bautismal por inmersión; o los restos del periodo tardorromano descubiertos en “El Perrero”. Además, existen diferentes tramos de calzadas romanas, principalmente de carácter militar, en un grado de conservación ciertamente aceptable.

Durante la época visigoda y altomedieval es probable que Valverde continuase habitado, aunque la población fuese escasa. De hecho, existen testimonios vivos de la presencia musulmana en las múltiples huertas, norias y acequias que inundan el término municipal. Los árabes, grandes hortelanos y excelentes conocedores del agua y sus usos, debieron aprovechar la abundancia de manantiales del territorio.

Ahora bien, los primeros vestigios documentales que se han podido localizar sobre el asentamiento que en la actualidad ocupa Valverde de Burguillos datan del siglo XIII. Efectivamente, la conquista de esta zona por parte de la Orden del Temple en la primera mitad de dicha centuria -y la consiguiente expulsión de los musulmanes que la habitaban- tuvo como consecuencia la adscripción de Valverde al territorio del Temple, concretamente al bayliato de Jerez.

  En la segunda mitad del siglo XIV, sin embargo, la situación jurisdiccional de Valverde cambió radicalmente. La desaparición de la Orden motivó el inicio de una andadura conjunta de Burguillos, Valverde y Atalaya, que se prolongó hasta la abolición de los señoríos por las Cortes de Cádiz en 1811. Es muy posible que dichas localidades quedasen unidas a partir de 1374, momento en el que el rey Enrique II de Castilla, poco después de derrocar a su hermano Pedro I y ocupar la corona castellana en 1369, entregó a don Alfonso Fernández de Vargas dicho señorío. El epitafio que reza en su tumba, “señor de Burguillos, Valverde y la Atalaya”, que se encuentra en la iglesia de San Juan Bautista de Burguillos del Cerro, confirmaría esta teoría.

A partir de ese momento, la mayor parte de los testimonios escritos refieren la dependencia de Valverde y Atalaya a la cabecera burguillana, algo lógico teniendo en cuenta que en los señoríos la población que ostentaba la jurisdicción poseía la condición de villa y las demás quedaban relegadas a un segundo plano, siendo consideradas aldeas o lugares de la misma y siempre sujetas a ella.

El año de 1393 supondrá un punto de inflexión importante para el devenir de aquellas tierras y, por ende, de Valverde de Burguillos. Y es que tras haber sido confirmada la donación del señorío a Gonzalo Pérez de Vargas, hijo de Alfonso Fernández de Vargas, el rey Enrique III realizó una nueva donación del mismo en favor de Diego López de Zúñiga, tras haber llegado ambos a un acuerdo de transacción y composición tasado en 30.000 maravedís. Desde entonces, y durante más de cuatro siglos, la familia Zúñiga ostentó la titularidad del señorío de Burguillos. Tras la caída del Antiguo Régimen, y después de la derogación de los señoríos, Valverde comenzó su andadura como localidad independiente, instituyéndose como municipio constitucional en la región de Extremadura, manteniendo dicho estatus al presente. Además, desde 1834 quedó integrado en el Partido Judicial de Fregenal de la Sierra. En la actualidad, tras haber pertenecido durante muchos años a la comarca de Fregenal, desde 1993 forma parte de la Mancomunidad Río Bodión, anteriormente conocida como comarca Zafra-Río Bodión.

Historia: EL CONVENTO FRANCISCANO DE SAN ONOFRE EN LA LAPA

En una sierra próxima a La Lapa, ocupando una atalaya privilegiada cubierta de olivos, jaras, zumacales y huertas, que configuran un entorno natural de extraordinario atractivo, se divisan las ruinas de un antiguo convento franciscano dedicado a San Onofre, que en tiempos estuvo compuesto por una iglesia, un claustro, un mirador, un refectorio, celdas, algunas albercas y otras dependencias.

Se dice que el nombre de la localidad procede del portugués, pues en dicho idioma es un término equivalente al castellano “cueva” o “gruta”, y que precisamente recibió este apelativo por una pequeña cavidad que existía en el solar del convento de la cual manaba agua en abundancia.

Sin duda, los restos de este pequeño tesoro arquitectónico nos permiten descubrir una pequeña parte de la historia de nuestra comarca, a través del análisis de la evolución del espacio que ocupó desde su construcción hasta su actual estado de conservación. Efectivamente, tras la reconquista de Zafra en 1241, las tierras de La Lapa quedaron vinculadas a los dominios de la villa, adscrita ésta al Concejo de Badajoz, hasta que en 1394 pasó a manos de la familia Suárez de Figueroa.

Ya a finales del siglo XV, concretamente en 1447, el conde de Feria, D. Lorenzo Suárez de Figueroa, decidió fundar en aquel paraje una humilde ermita para dar cabida a algunos religiosos de la Orden Franciscana. Unos años más tarde, en 1489, la Bula Papal Expocit Tuae Devotronis, dirigida por D. Gómez II Suárez de Figueroa, facilitó la construcción en dicho oratorio de un convento franciscano dedicado a San Onofre -el famoso anacoreta que vivió en el desierto de Egipto, cerca de Tebas, a finales del siglo IV- dependiente del convento de San Benito de Zafra, ambos pertenecientes a la provincia de Santiago de la Observancia Franciscana.

El convento tuvo una floreciente vida monacal y en él llegaron a habitar unos 150 religiosos a finales del siglo XVI, siendo uno de los más notables de la Orden en la zona. El agreste paraje donde se ubicaba invitaba al recogimiento y a la oración, y de hecho llegaron a levantarse en sus alrededores hasta cuatro ermitas. Un buen ejemplo de la importancia que llegó a adquirir el convento en aquel tiempo es la inversión de 1.000 ducados que Gómez III Suárez de Figueroa y Córdoba, primer Duque de Feria, realizó para la reforma del complejo. Una obra que fue dirigida por el maestro albañil Andrés de Maheda, encargado también de finalizar la Iglesia de la Candelaria en Zafra en la misma época.

    Sin embargo, quien realmente dio fama de santidad a este convento fue el fraile Juan de Garavito y Vilela de Sanabria, natural de Alcántara, conocido popularmente como San Pedro de Alcántara, venerado actualmente como patrono de Extremadura, quien fue nombrado Padre Guardián en 1532, ejerciendo dicho cargo hasta 1535. En este convento escribió parte de su obra, otorgándole una gran importancia espiritual al edificio. De hecho, se cree que entre sus paredes pudo escribir el libro “Oración y Meditación”, uno de los más importantes de la literatura mística española.

A nivel arquitectónico el convento pasó por distintas etapas constructivas y diversas transformaciones bajo la protección de la casa de Feria, consiguiendo una etapa de estabilidad y esplendor con una amplia comunidad de frailes durante el siglo XVI. El pequeño oratorio erigido en 1447 se convirtió en un imponente convento, cuya estructura era la común para los edificios conventuales de la época, con dos plantas articuladas en torno a un claustro y con diversos recursos para la labranza y la subsistencia -como aljibes y establos-. Como elementos llamativos contaba con un torreón fortificado y un ingenioso sistema de canalización del agua corriente. Igualmente, poseía un singular mirador que servía de atalaya, ya que su intencionalidad desde un principio fue claramente residencial, habida cuenta de que era el lugar elegido por los Condes y Duques de la casa de Feria para residir durante determinadas temporadas del año. También debe destacarse su biblioteca, que contaba con un importante volumen de libros. Sin embargo, con la desamortización de Mendizábal de 1836 estos libros fueron quemados o pasaron a propiedad privada.

Precisamente la desamortización fue el comienzo de su declive y de la disputa sobre su titularidad. Los ocho frailes que aún quedaban en el convento se vieron obligados a abandonarlo, pasando éste a ser propiedad del ayuntamiento. Tras la emancipación de La Lapa de la villa de Zafra en 1842 y la creación de la iglesia parroquial al año siguiente, el convento perdió su actividad religiosa, aunque durante muchos años acogió la romería de San Isidro y el entierro de los vecinos, quedando ya en total desuso a finales del siglo XIX.

En la actualidad, el terreno donde se ubicaba el convento es propiedad privada. El estado de conservación del mismo es muy precario, pues solo se conservan en pie ciertos elementos de la planta baja del mismo, así como el torreón. También se pueden observar algunos elementos decorativos que han resistido al paso del tiempo, como sus magníficos esgrafiados, gracias a la importante labor de restauración llevada a cabo por sus actuales propietarios. Pese a todo, el lugar continúa conservando el silencio y ofreciendo el remanso de paz que alimentó durante varios siglos las almas de los frailes que lo habitaron.

Historia: Historia y patrimonio de Puebla de Sancho Pérez

Situado en un enclave privilegiado al suroeste de la provincia de Badajoz, sobre un dominio de tierras fértiles de suaves ondulaciones cubiertas principalmente de viñedos y olivos, Puebla de Sancho Pérez se erige majestuosa como principal referente de la zona vinícola conocida como Matanegra.

Su historia, al igual que sucede en muchos municipios vecinos, se retrotrae varios milenios en el tiempo. De hecho, existen vestigios del Calcolítico (III milenio a.C) en los alrededores de la actual población, destacando, entre otros, los yacimientos del Cerro de la Encina o el de La Vigaría.

En época romana, la zona que ocupa la actual localidad estuvo englobada dentro del Conventus Hispalensis, dentro de la Baeturia Céltica. Son numerosas las huellas arqueológicas existentes de dicho periodo, como el importante volumen de villas romanas dedicadas a la explotación de tierras, entre las que podrían destacarse las de La Hermosa, La Vigaría, Los Villares, Llenezuelo, Palomero, El Patril, etc., lugares donde ya se cultivaban vides y olivos. Sin duda, el yacimiento más destacado del periodo romano es el de Las Torrecillas, que algunos investigadores han identificado como una pequeña aldea rural o vicus. Debemos tener en cuenta la cercanía de estos asentamientos con respecto a Contributa Iulia, situada en Medina de las Torres, lo que invita a pensar que estarían sujetos a su órbita.

Los visigodos también dejaron su huella en Puebla de Sancho Pérez. No en vano, en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid se encuentra una inscripción de mediados del siglo VII hallada en la zona. Es posible que en esa época continuasen activas algunas de las villas romanas, tendiéndose a  la  ruralización  y  dispersión de la población.

Al igual que sucedió en gran parte de la región, la presencia musulmana supuso un punto de inflexión con respecto a la arquitectura, la gastronomía o la cultura de la zona. La población en esta época se encontraría dispersa en pequeñas arquerías dedicadas a la explotación agraria. Como dato curioso en este periodo histórico, en el año 712 pasaron por Puebla de Sancho Pérez los 18.000 hombres enviados por Musa ibn Nusayr desde Sevilla con intención de conquistar Mérida.

También se tienen noticias del periodo de la Reconquista en la zona. Efectivamente, el lugar fue conquistado durante dos ocasiones en el avance cristiano: una primera en 1229 por Alfonso IX; y una segunda en 1241 por el rey Fernando III El Santo, en una serie de campañas de conquista que aparecen descritas en la “Crónica General de España” de Alfonso X El Sabio.

   Lo más destacado de los siguientes siglos en estas tierras es, sin duda, la presencia de la Orden de Santiago. De hecho, pese a que no se conoce a ciencia cierta la fecha exacta de la fundación de la actual población, es probable que se estableciese sobre un asentamiento árabe por iniciativa de Sancho Pérez, un destacado caballero santiaguista del siglo XIII. Entre las principales actuaciones de la Orden pueden destacarse la construcción de la iglesia parroquial -dedicada a la mártir santa Lucía- entre finales del siglo XIV y comienzos del siglo XV, además de una gran casa de encomienda como residencia del comendador. No en balde, Puebla de Sancho Pérez formó parte de la Provincia de León de la Orden de Santiago hasta el siglo XIX, siendo unas de sus encomiendas más destacadas por su posición estratégica -en el cruce de varios caminos de gran importancia, entre los que destacaba la Vía de la Plata- y por su carácter fronterizo con el Ducado de Feria.

En los siglos XV y XVI debió producirse una importante expansión y crecimiento de la villa, como lo atestiguan el asentamiento en la localidad de familias nobles, las cuales dejaron en las fachadas de sus casas escudos de armas que todavía hoy se conservan en parte.

Otro hecho destacado de la historia de Puebla de Sancho Pérez se produjo ya a comienzos del siglo XIX, durante la Guerra de la Independencia. Y es que la proximidad de la localidad con respecto a la Vía de la Plata terminó por jugarle una mala pasada. El movimiento de tropas entre Badajoz y Sevilla provocó que el ejército francés ejecutase un feroz ataque que provocó graves daños en el municipio, destacando por su valor patrimonial la total destrucción del archivo histórico de Puebla de Sancho Pérez. Las dos últimas centurias se han caracterizado por una importante expansión agrícola en la zona, centrada principalmente en los cereales, el olivar y, sobre todo, la vid, lo que ha ido confiriendo al municipio el carácter vitivinícola que hoy en día posee, como lo demuestran las múltiples bodegas que existen en su término municipal.

Historia: Fuente del Maestre

Fuente del Maestre fue Villa desde tiempos medievales y Ciudad desde el 6 de junio de 1899, fecha en que le fue concedido dicho título, durante la regencia de la Reina María Cristina, madre de Alfonso XIII.

La Junta de Extremadura a declarado a Fuente del Maestre “BIEN DE INTERÉS CULTURAL CON CATEGORÍA DE CONJUNTO HISTÓRICO” (Decreto 136/1998 de 17 de Noviembre).

Los indicios más antiguos se remontan al PALEOLÍTICO INFERIOR Y MEDIO.

Durante el periodo CALCOLÍTICO, entre el 2.700 y el 2.000 antes de Cristo, toda la zona de Fuente del Maestre estuvo muy poblada, a juzgar por la cantidad de lugares donde se detectan materiales arqueológicos de esta etapa de la prehistoria, en todo el término municipal.

Actualmente, se está empezando a ver claro, a la luz de nuevas investigaciones que, durante la Edad del Bronce y toda la Protohistoria, se tiene evidencia de que la civilización TARTÉSICA dejó también su impronta aquí.

Ya a principios de Siglo I de la Era Actual, la romanización es un hecho plenamente documentado. Varias villas y establecimientos rurales se distribuyen por los campos del término, muchos de los cuales perduran hasta el siglo VII.

Existe la posibilidad de que fuera la CASTRA VINARIA que mencionó Plinio hace dos mil años.

Fue significativa la temprana implantación del Cristianismo en la zona, como demuestran los numerosos restos arqueológicos decorativos de varios edificios religiosos de épocas -romana e hispano visigoda- (Siglos VI-VII de la Era Actual) procedentes de diversos lugares del término municipal. De la etapa musulmana procede el nombre FUENTE RONIEL, con el que aparece Fuente del Maestre en las crónicas medievales.

En esta época fue ya recinto fortificado y albergó un importante núcleo de población mozárabe, cuya evidencia se ha puesto de manifiesto recientemente tras el descubrimiento de tumbas de esta adscripción en las proximidades de la Iglesia Parroquial y la Plaza de España.

En el siglo XIII es conquistada por los cristianos y el Rey Alfonso IX de León la incluye en el señalamiento del Alfoz de Mérida, pasando con esta ciudad a la ORDEN DE SANTIAGO.

No sabemos, en qué momento empezó a ser efectivo el dominio de los Santiaguistas en “La Fuente” puesto que existen evidencias incuestionables de que la Orden del Temple también estuvo instalada en la población, donde aún existen los restos de su casa convento, así como, en el campo de las ruinas de una alquería fortificada, a pocos kilómetros de Villalba de los Barros, pero dentro del término de La Fuente.

Posiblemente del Siglo XIII sea también la muralla de la que aún se conservan algunos restos amurallados. Esta muralla con foso que circundaba toda la población hicieron de Fuente de Maestre medieval una de las más formidables fortalezas de toda la Baja Extremadura.

Encerraba esta muralla lo que hoy se considera casco urbano antiguo, que es aproximadamente la parte central del casco urbano actual.

Durante toda la Edad Media y Principios de la Moderna Fuente del Maestre debió dejarse sentir como núcleo importante, con una población bastante alta para la época, que albergaba una significativa judería además de un contingente desdeñable de moriscos, perviviendo unos y otros hasta sus definitivas expulsiones entre el siglo XV y el XVII.

Como población importante que fue en la Edad Media, muy pronto debió concedérsele el rango de villa, con el que aparece en documentos del siglo XIV. Así mismo, debió dotarse muy pronto de Ordenanzas municipales. Las más antiguas de los que tenemos noticia son las concedidas por el Emperador Carlos V, parece que, en el 1527, ratificadas y modificadas en época de Felipe II y de Felipe VII, de las cuales se ha conservado una copia hechas en el año 1.729 debido al mal estado en que se encontraban los originales.

Durante el siglo XVI la población experimenta un inusitado auge económico y social coincidiendo con la Colonización americana, en la que muchos fontaneses tomaron parte bien como conquistadores o posteriormente como colonos.

En el siglo XVII ve como se establece en la población la primera comunidad de Frailes Franciscanos, fundándose el Convento de San Francisco y la Iglesia anexa de Nuestra Señora de la Esperanza en el año 1.676.

En el siglo XVIII se levanta el edificio del actual Ayuntamiento y se ornamentan las Iglesias con interesantes retablos barrocos. En los finales del siglo XIX, merced de las gestiones del Marqués de Vadillo en la Corte de la Reina Regente Doña Mª Cristina, Fuente del Maestre recibe el título de ciudad que actualmente ostenta.

Historia: La efímera existencia del Castillo de Los Santos

En la cumbre de la sierra de los Ángeles, conocida popularmente como “Cerro del Castillo”, a escasa distancia del núcleo urbano de Los Santos de Maimona -sobre la N-630 y frente a la estación de ferrocarril- se pueden contemplar a simple vista los restos de una antigua fortaleza. En principio nada fuera de lo común, considerando la multitud de castillos existentes en una región con un pasado marcado por los continuos avances cristianos durante la Reconquista.

   En estado de ruina, actualmente no se distingue ninguna parte de la edificación que se eleve sobre el resto. Únicamente con una visión desde cierta altura se pueden visualizar los cimientos de algunos de sus elementos y, grosso modo, definir con cierta aproximación su configuración y distribución original. De planta octogonal y con torres cilíndricas de sección circular en las uniones de los lienzos colindantes, la fortaleza también conserva los cimientos de algunas estancias interiores y los restos de un aljibe, aunque el importante grado de deterioro impide extraer mucha más información.

   Sin embargo, la historia de este castillo, por lo efímero de su existencia, resulta ciertamente peculiar y bien merece ser contada.

   Los restos de la fortaleza que aún hoy podemos contemplar se corresponden con una construcción de nueva planta ejecutada por el maestre de la Orden de Santiago Juan Pacheco, primer marqués de Villena, entre los años 1467 y 1474. El lugar escogido para erigirla resultaba indudablemente estratégico, considerando lo elevado del terreno. No en balde, existen evidencias arqueológicas que confirman la presencia de asentamientos humanos en dicho lugar desde el periodo Calcolítico, unos 2.500 años a.C. En definitiva, reunía todas las condiciones necesarias para convertirse en un verdadero baluarte defensivo para la población santeña.

   No obstante, el nuevo castillo fue construido en un periodo convulso, no solo en el reino de Castilla (en un contexto de revueltas entre la Corona y los nobles, amplificadas por la muerte de Enrique IV en 1474 y por la guerra civil motivada por el problema sucesorio), sino también en la propia zona. De hecho, las circunstancias hicieron que se convirtiese en una fortaleza de frontera, en un límite entre dos realidades tan dispares como eran la Orden de Santiago y el Condado de Feria. El fallecimiento del maestre santiaguista Juan Pacheco en 1474 provocó una importante disputa entre varios interesados en ocupar el puesto vacante en la Orden, aunque finalmente fue don Alonso de Cárdenas quien, tras varios meses de contiendas, consiguió hacerse con el cargo. Ahora bien, el precio que debió pagar por dicho reconocimiento fue bastante elevado. Efectivamente, la guerra abierta que mantuvo con el II conde de Feria, Gómez Suárez de Figueroa, que motivó duros enfrentamientos en Jerez de los Caballeros y Guadalcanal, finalizó con un tratado de paz firmado el 18 de septiembre de 1475, por el cual el conde de Feria renunciaba totalmente a sus pretensiones y reconocía a Cárdenas como maestre de la Orden a cambio, entre otras cosas, de la destrucción del castillo de Los Santos de Maimona, que estaba en posesión de don Pedro Zapata, comendador de Medina de las Torres. El objetivo que perseguía Suárez de Figueroa con esta acción era que semejante fortaleza no fuera una amenaza para los territorios del condado de Feria.

El documento que recoge el acuerdo firmado puede consultarse en la Colección de don Luis de Salazar y Castro, custodiado en Biblioteca de la Real Academia de la Historia, y fue publicado por el Marqués de Siete Iglesias en 1976 y por el profesor Manuel Garrido Santiago en 1989. El mismo puede consultarse íntegro en el blog “Historia de los Santos de Maimona”, cuyos responsables son Juan Murillo Tovar y Eduardo Sánchez García. Resulta paradójico -y ciertamente contradictorio- que se procediera al derribo de una fortificación recién terminada (considerando el alto coste económico que debió suponer su construcción), máxime cuando se había erigido como punto de defensa del territorio santiaguista frente al Condado de Feria. Sin embargo, esta no fue una medida aislada. Suárez de Figueroa, en su afán por consolidar su poder en la zona ordenó también derribar el castillo de Salvatierra por razones políticas, aunque éste último corrió mejor suerte, pues fue reconstruido poco después, algo que no sucedió con la fortaleza santeña, quedando desde entonces en la situación de ruina que hoy en día mantiene.

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