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Soplan Vientos: TIEMPO PARA PENSAR

“Cuando todos los días parecen iguales es porque las personas han dejado de percibir las cosas buenas que aparecen en sus vidas siempre que el sol cruza el cielo.” Esta bella frase de Paulo Coelho, que debo haber leído en algún libro suyo hace muchos años, se me vino de golpe a la memoria cuando estaba pensando en escribir esta columna, y que me resultaba muy difícil encarar. Porque ¿qué puedo decir yo que tenga algún interés para alguien en estos días aciagos qué estamos viviendo?. Los me leen saben que intento aprovechar las 500 palabras de mi sección para decir cosas que puedan tener algún interés vinculado con la realidad de lo que ocurre en el mundo de la política, entendida esta como el área de lo público. No tengo espacio ni ganas para gastarlos en verborrea ni florituras. Sin embargo, todos los asuntos que son habituales en mis reflexiones me resultan en estos momentos triviales y casi inoportunos. Es tan grave lo que estamos sufriendo en España y en el mundo entero, que cuando salgamos de esta desgracia deberíamos comenzar una etapa nueva en la que el valor de lo cotidiano presida nuestra existencia y aprendamos a “percibir las cosas buenas que aparecen en nuestras vidas siempre que el sol cruza el cielo”

Podemos aprovechar este arresto domiciliario indefinido e indefinible, decretado por los que se supone que saben lo que hacen, aunque con sus soporíferas y hasta surrealistas explicaciones en televisión, se empeñen  en demostrar lo contrario y parecieran tan perdidos como el resto de los “confinados”, para pensar en la suerte que tenemos los que formamos parte de esa minoría  de la humanidad que tiene plenamente resueltas las necesidades básicas para tener una vida digna de ser adjetivada como humana. Para recordar que un tercio de las personas del mundo no pueden lavarse las manos a cada momento porque no tienen ni agua limpia para beber, mientras nosotros derrochamos a diario millones de millones de litros. Recordar que dos mil millones de mujeres hombres y niños como nuestros niños, nacen, malviven y mueren bajo el yugo del hambre, de las enfermedades, de las bombas y de los psicópatas que les gobierna y les destruyen. Pensar que mientras nuestra normalidad es la vida y el bienestar, la suya es la muerte y el infortunio.

En esta clausura podemos valorar aquello que constituye nuestra vida diaria, y nos daremos cuenta de que, a pesar de las muchas injusticias, no podemos ni debemos considerarnos víctimas, ni aceptar que se nos victimice por parte de aquellos que nos quieren menesterosos y dependientes de la acción salvadora de sus liderazgos iluminados.  Porque victimizar a la mayoría de la población y criminalizar a todos los que reclaman el derecho a la disidencia frente a los dogmas dominantes, es una forma de convertir al ciudadano libre en un súbdito con derechos, y a una democracia en un régimen de caciques electos.

Mientras tanto, cenaremos y nos iremos a la cama. Mañana nos levantaremos y empezaremos de nuevo.

Suerte…