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Salud para Todos: Tiempos de Pandemia

Estos momentos que nos ha tocado vivir son insólitos. La situación que ha provocado la pandemia del COVID19, es asimilable a un estado de guerra (biológica) o tiempos de desastres en la que el enemigo es invisible… En el campo de batalla los ejércitos que luchan contra el COVID19 están formados por los profesionales sanitarios y los servicios públicos esenciales, y las victimas principales somos todos, especialmente focalizadas en nuestros mayores donde las tasas de mortalidad son más elevadas. La batalla principal se produce en la ciencia, con científicos e investigadores luchando en pro de una vacuna y tratamientos efectivos contra el COVID-19.

A primeros de esta década la Organización Mundial de la Salud (OMS) definió los principales retos de la salud global, entre ellos se encuentran las “enfermedades infecciosas”, las “epidemias” y la “resistencia a los antibióticos”. ¡Que predicción más singular!

La OMS menciona también como muy importantes retos, el apoyo sanitario en conflictos y crisis, la equidad de los cuidados de la salud y el acceso a la medicación. Frente a todo ello mencionan la necesidad de invertir en quienes defienden nuestra salud (pienso en la salud pública frente a la privatización de ésta), invertir en sanidad, higiene ambiental, alimentación saludable y “aprovechar las nuevas tecnologías”. ¡¡¡Deberíamos reflexionar sobre todo ello, habrá muchas cosas que cambiaran después del COVID19!!!.

En esta pandemia destacan algunos aspectos novedosos como la velocidad de difusión, la repercusión mediática (internet, radio, televisión,…) la globalización de un problema sanitario, que esta mostrando  una respuesta internacional desconcertante,  a la vez que estamos viviendo cambios en la industria y la ciencia muy rápidos y eficaces, cual es propio de tiempos de guerra, pero sobre todo unos efectos económicos que se vaticinan como graves y hacen que a su vez la salud global pueda empeorar. Una tercera repercusión importante son los costes psicológicos que esta pandemia nos va a dejar por el brutal impacto social, emocional, el confinamiento, el duelo patológico…

Por el contrario, hay cosas de esta pandemia que son obvias, aunque previamente no era lo habitual, como son: el lavado de manos frecuente, estornudar de forma correcta, alejarnos convenientemente de otras personas si se encuentran acatarradas o tosen. En este último caso tendremos que aprender a contener la efusividad de nuestro carácter mediterráneo. Estas normas esenciales se han extendido a la utilización de los móviles, el uso del dinero, los actos sociales, a las actividades diarias como realizar la compra, viajar, hacer turismo…¡Cuidado con los carros de la compra, pasamanos, trasportes públicos, …!

Algo ha cambiado en lo que respecta a los servicios sanitarios, creo que en esta pandemia se han puesto de manifiesto la vital importancia de la “Sanidad Pública” y de sus “recursos humanos”, esos que de forma mayoritariamente hemos salido a aplaudir desde nuestras ventanas a las 20 h, todos los días. Por muchos respiradores que hayan hecho falta, estos se han comprado o con iniciativas inverosímiles se han encontrado alternativas, sin embargo, los profesionales sanitarios no se inventan ni se restituyen de un día para otro cuando van cayendo en las trincheras de esta pandemia que nos ha tocado vivir.

Un valor muy positivo que personalmente he encontrado y quiero destacar es la responsabilidad de la sociedad en la utilización de los recursos sanitarios, además de cumplir con el confinamiento domiciliario, me refiero a que la asistencia en los servicios de urgencias ha disminuido drásticamente, no porque las urgencias hayan descendidos, sino porque su uso se ha racionalizado y nuestra sociedad ha dado una lección de “empoderamiento”  o “autogestión de su salud”, que se suponía (como el valor) pero que había que demostrar, pues previo al Covid19 había mucho de dejación de la salud individual en el sistema sanitario y todo había que consultarlo (¿sería por el paternalismo sanitario o por aquello del coste cero?) dando lugar a la saturación sistemática de las urgencias y un número de consultas ordinarias muy superior a la media europea.

Otro de los aspectos muy positivos de esta pandemia ha sido la generalización de los dispositivos portátiles, teléfonos inteligentes y redes sociales (se ha generalizado el uso de las videollamadas para contactar con familiares y amigos) que afortunadamente se han incorporado en nuestro sistema de salud.

 Y es que durante el confinamiento se han incrementado las consultas telefónicas, hemos iniciado las videoconsultas, se ha hecho posible la receta electrónica en papel y poder renovarla sin la presencia del paciente en nuestras consultas.

Ojalá todo esto se mantenga tras el COVID19 y lo incorporemos a la vida ordinaria en actividades preventivas como son las vacunas (por ej. la de la gripe, los hábitos saludables, la actividad física, la desmedicalización de la vida,… En definitiva, la autorresponsabilidad y autogestión de nuestra salud que no solo está en el sistema sanitario.

Canal Economía: Situación económica ante la crisis del COVID-19

Incertidumbre. Esta es la palabra que mejor define todo lo que está pasando, y va a pasar, ya sea a nivel económico, a nivel legal, laboral, social, …

La verdad es que, seguramente que en periodos anteriores se ha pensado en como se afrontaría una situación semejante, pero la realidad supera la ficción, dejando a todos los niveles nuestra sociedad tocada.

Comienzo comentando que, desde mi perspectiva, pienso que el sistema del bienestar que tenemos instaurado en España funciona bien, es completo y determinante. Aunque esto no quiere decir que puede mejorar, siempre se puede mejorar, pero tal vez sea por lo visto y vivido fuera de nuestras fronteras, creo que nuestro sistema público funciona y es bueno. Independientemente de esto, esta situación extraordinaria hace que se vea mermado e insuficiente, tal y como está pasando. Afrontarlo con optimismo, esperanza, fuerza y filosofía es vital. Y esto debemos contagiarlo a nuestro alrededor.

A nivel económico, va a ser una catástrofe semejante al nivel sanitario y social que se está viviendo. Nos vamos a enfrentar a un cambio radical en todos los sentidos económicos. Y creará un agujero económico y social sin precedente, a mi parecer.

Partimos de la base de que toda la población se ha visto obligada a confinarse en sus hogares durante, al menos, mes y medio. Ya se parte de que el consumo se ha visto muy debilitado. Haciendo hincapié en que la capacidad económica de las familias también se ha visto mermada. Por lo que nos encontramos ante la pescadilla que se muerde la cola, conocedores de la menor capacidad económica, las familias se situaran en un nivel de consumo menor que el existentes antes del Estado de Alarma. Nivel que ya estaba bajo para muchos sectores, viéndose en estos obligados a cerrar tras esta debacle sanitaria y económica. Y todo esto sabiendo que el proceso hasta la normalidad va a ser lento y muy progresivo.

Paralelamente, la propia economía va a cambiar en el sentido de que por ley se van a preservar ciertos sectores estratégicos. Sobre todo, agrícola (Por ejemplo, si antes ibas al supermercado los alimentos eran casi todos extranjeros, pero ahora con las fronteras cerradas cada país se queda lo suyo y el que apenas tiene productos de necesidad suficientes para su población, se verá mermado aún más económicamente ya que habrá aumento de precios, problemas en toda la cadena de distribución…).  Se deberán primar y subvencionar ciertos sectores de la industria para que fabriquen en España, y esto no les quedará más remedio que hacerlo incluso a pérdidas.

Nos vamos a ver en un entorno cambiante en cuanto a consumo, priorizando por las compras telemáticas e intentando evitar en la mayor medida las compras presenciales.

Si nos fijamos, nos podemos dar cuenta del agujero económico que se está creando y que, por desgracia, aún sigue creciendo. Situación insostenible para un gobierno, aunque obviamente, la prioridad son las vidas humanas.

Pasamos a explicar, desde mi punto de vista, la gran cantidad económica paralizada a través de medidas para intentar paliar los efectos económicos del COVID-19. Y es que, aunque no llueva siempre a gusto de todos, es MUY DIFICIL encabezar una situación semejante y salir victorioso. Pienso que cualquier gobierno (sea de izquierda o derecha) ni en sus peores pensamientos se habían visto reflejados en una situación como la que estamos atravesando.

Se han visto obligados a paralizar gran cantidad de dinero para intentar no destruir muchos niveles económicos. Pero esto en la sociedad española donde hay más de 42 millones de personas, y con un sistema público bueno, pero a la vez caro, puede ser un endeudamiento para mucho tiempo. Y es que esta ingente cantidad de euros deben salir de algún sitio, y aquí es donde entramos en juego nosotros, los ciudadanos, viendo nuevamente mermada nuestra capacidad económica. Porque estoy totalmente seguro de que los técnicos afines al gobierno ya están dándole vueltas al coco para ver la forma más silenciosa de recaudar de los españoles, y esto tened fiel seguridad que pasará. Al igual que, entiendo, que se tocaran las pensiones y los sueldos de los funcionarios.

Las inevitables bajadas de las recaudaciones del IVA y del IRPF ¿pueden paliarse con nuevas medidas urgentes como supresión de beneficios fiscales, subidas de tipos y nuevos gravámenes?

Se está hablando mucho de las medidas públicas financieras de actuación durante y después de la crisis sanitaria creada por el COVID-19, pero poco, respecto al concreto ámbito tributario. En este aspecto, algún político, como la vicepresidenta tercera y ministra de Economía, ha dicho:

“…sobre la no suspensión de la recaudación de impuestos como el IVA o Sociedades, que España necesita esos ingresos porque los gastos públicos, como lo sueldos de los sanitarios y de los Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, “no desaparecen”.”

Estoy de acuerdo con lo anterior, porque en tiempos de crisis tan profundas y desconocidas como la que está produciendo el citado virus, es el momento de volver a la función esencial de los tributos: recaudar ingresos para sostener todos los gastos públicos y no solo los sueldos de los sanitarios y miembros de la seguridad del Estado. Es imprescindible para “no dejar a nadie atrás”.

 sobre el patrimonio, en el sentido estricto técnico tributario, es decir un tributo que pivote realmente sobre el patrimonio de personas y entidades, emitir deuda pública extraordinaria, distinta de la ordinaria, como la de carácter obligatorio, perpetuo o especial, incluso con apoyo fiscal, como se hizo en la transición del 78, rescate por parte de la Unión Europea, etc.

Por tanto, parece de lógica que, ante el previsible hundimiento de la recaudación por la parálisis del comercio en general por un lado, y de la disminución repentina del trabajo por otro, se palíen esas inevitables bajadas de las recaudaciones del IVA y del IRPF con medidas urgentes, tales como la supresión de todos los beneficios fiscales que se han ido acumulando en todos los tributos del sistema fiscal español -hace poco leí en un foro, que si se eliminasen los beneficios del Impuesto sobre el Patrimonio, se podrían recaudar, solamente, con esta medida, unos 10.000 millones más de euros con este gravamen, que no ostenta un gran potencial de ingresos-.

En el mismo sentido que la medida anterior, no cabe duda, que una subida selectiva de tipos impositivos ayudaría a aumentar la recaudación tributaria. Sobre aspectos tributarios anteriores, España tiene una buena situación de partida, porque cuenta con una baja presión fiscal -34,4 % del PIB en 2018, según datos de la OCDE-, que es inferior a la de casi todos los países occidentales de la UE, lo que, sin duda, permitirá elevarla a las cotas que tienen países cercanos como Francia (46,1 % PIB), Alemania (38,2 % PIB) o Italia (42,1 % del PIB).

Además, cabe explorar en la búsqueda de nuevos gravámenes con potencial recaudatorio, tales como los conocidos como impuestos ecológicos, en este sentido la UE viene recomendando que se incremente la conocida como fiscalidad con fines ecológicos, por ejemplo, exige que se grave el consumo del agua, actualmente infravalorada y por ello mal utilizada, como consecuencia de no incorporar a su precio todos los costes internos y externos que conlleva su consumo, calificando la medida no solo válida para optimizar su uso, sino también para recaudar ingresos públicos.

Estas medidas o similares van a tener que ser implementadas, dado que nuestro país, tras incorporar como moneda el euro, carece de otros mecanismos financieros para afrontar la crisis, que en el pasado se saldaban con fuertes devaluaciones de la peseta, estando además la deuda pública en tan altos porcentajes del PIB que impiden su aumento significativo, por lo que este recurso no va a poder ser usado tanto como se hizo en la anterior crisis financiera del 2008, en que se incrementó en 60 puntos porcentuales, aproximadamente.

Esperemos no tener que llegar a otros remedios aún más drásticos, como la imposición de un impuesto extraordinario sobre el patrimonio, en el sentido estricto técnico tributario, es decir un tributo que pivote realmente sobre el patrimonio de personas y entidades, emitir deuda pública extraordinaria, distinta de la ordinaria, como la de carácter obligatorio, perpetuo o especial, incluso con apoyo fiscal, como se hizo en la transición del 78, rescate por parte de la Unión Europea, etc. En conclusión, como consecuencia de esta situación, parece que lo mejor sería establecer medidas «normales», de carácter urgente -incluso vía Decretos-Leyes- de extensión de bases imponibles, subidas de tipos y búsqueda de nuevos gravámenes, sin excluir una contención extraordinaria de gastos públicos, salvo aquellos que puedan calificarse de sociales; emisión de deuda pública de todo tipo y acceso, en su caso, a medidas de apoyo de la Unión Europea, remedios que funcionarían aún mejor, si todos los agentes político-sociales llegasen a acuerdos como los recordados Pactos de la Moncloa, que sirvieron para resolver la crisis económica de 1977 y situar a nuestro sistema tributario al nivel de los de los países de nuestro entorno.

COGNIVITA: COVID-19

Ésta es la primera ocasión que tengo de poder colaborar con la publicación de “Agenda”.

La temática sería diferente, quizá la forma de dirigirme al público. Sin embargo, estamos enfrentando una pandemia mundial. Una situación que nos hace estar confinados y confinadas, que nos ha hecho tener que paralizar el país, el mundo. Un hecho que tambalea nuestro sistema, valores y creencias, y sobre todo la vida, la estabilidad y el futuro.

Desde la psicología sanitaria y de emergencias, me hubiese gustado explicar el proceso de duelo que muchas personas tienen que afrontar estos días, o quizá los problemas psicológicos que podemos sufrir. Sin embargo, tratando de ser didáctico y útil, querría intentar explicar tres factores que están en nuestro día a día y que ahora son determinantes: nuestra percepción de control de la situación, cómo toleramos la frustración ante la duda e incertidumbre, y cómo se relaciona nuestro pensamiento, nuestras emociones y nuestra conducta.

La percepción de control se refiere a la sensación que tenemos de poder controlar una situación. Éste control hace que nos veamos como competentes (o no) cuando intervenimos sobre algo; es decir, percibimos que nuestra intervención puede modificar un hecho o una situación según lo que queramos o necesitemos, aportándonos sensación de competencia personal.

En la situación actual nuestra percepción de control se ve gravemente amenazada, dañando nuestro bienestar psicológico y personal. Por ello, si tratamos de tener situaciones controlables, la sensación de no poder influir en la amenaza ni tener ningún control sobre ella puede apaciguarse. Crear hábitos, rutinas, estructurar el día a día, hacer actividades sobre las que podamos ejercer control, puede hacer reducir el estrés psicológico ante el hecho de que nuestra vida en este momento gire en torno a algo que vemos como incontrolable.

  Por otra parte, vivimos una época en que estamos acostumbrados a tener respuesta para todo, no aburrirnos o no esperar para conseguir algo. Esto choca con situaciones que no conocemos, de las que no sabemos su resultado, o momentos en que no obtenemos inmediatamente lo que queremos. Entramos aquí en la incertidumbre, la duda y la espera para conseguir algo. Esto puede llevar a tener sentimientos de frustración, estando acostumbrados a un día a día en el que no tenemos que esperar para conseguir resultados (acceso instantáneo a información, sistema de mensajería de respuesta inmediata, adquisición de productos o necesidades cubiertas de forma casi inmediata…).

La certeza de conocer algo, de saber qué va a pasar, de no tener que esperar para saber o conseguir algo, choca frontalmente con una situación que cambia cada día, casi a cada hora. Y esto produce sentimientos de indefensión, incluso miedo, a lo que sumamos la desinformación y la sobreexposición a noticias (reales o no). Ante esto, necesitamos ser flexibles y poder adaptarnos a diferentes situaciones. Necesitamos no prejuzgar, entender que no podemos saberlo todo o tener resultados inmediatos de lo que hacemos, y tolerar la frustración que ello genera. También tenemos que normalizar que esto sea así, porque es imposible tener seguridad del resultado de todo lo que (nos) ocurra. Y algo muy importante: debemos ser conscientes de que no podemos conseguir todo lo que necesitemos al segundo, y no frustrarnos por ello.

Por último, trataré de explicar la relación entre lo que sucede a nuestro alrededor y cómo pensamos, qué sentimos y qué hacemos después (pensamientos, emociones y conducta).

En nuestro día a día continuamente suceden cosas, tanto a nuestro alrededor como “dentro de nosotros” (por ejemplo nauseas, hormigueos o pensamientos repetitivos), y cada uno de nosotros y nosotras lo interpreta de forma diferente en función de que nos hayan pasado antes y cómo hayamos reaccionado, o de la opinión que tengamos sobre lo que sucede. La forma de interpretarlo hace que nuestro pensamiento sobre ello sea diferente entre una persona y otra. También las emociones y sentimientos que surjan son diferentes en cada persona, mostrando quizá aceptación, rabia, indignación o resignación. Todo esto, recordemos, frente a una misma situación que cada cual interpreta de manera diferente. A consecuencia de todo esto, los actos que hagamos serán obviamente diferentes. Un breve ejemplo es una pareja de enamorados dándose un beso. La visión de una persona también enamorada o de una persona que acaba de tener una ruptura serán completamente diferentes, y por supuesto los pensamientos y sentimientos que tengan.

Conocer cómo se forman nuestros pensamientos y emociones y como así se crea y modifica nuestra conducta, y como estas experiencias aisladas forman nuestro modo de pensar y actuar en general, puede darnos pistas sobre cómo podemos intentar “repensar” lo que nos sucede. Consiste en tratar de reflexionar otra vez a pesar de que “salte el automático”, ya que somos lo que pensamos y sentimos, y esto puede modificarse.

Resumiendo: la interpretación que hacemos de lo que nos pasa explica nuestra forma de comportarnos, de pensar y de sentir sobre ello.

Hay un último apunte que querría dar, y lo haré en mayúscula: ES NORMAL NO ESTAR BIEN, LO RARO SERÍA ESTAR COMO SI NADA. Es normal, y tenemos que tratar de aceptarlo como parte de la situación.

Algunos consejos pueden ser estos: ser conscientes de nuestros sentimientos, buenos y malos, y aceptarlos como parte de nosotros. Asumir que son temporales (decir “ahora me siento triste” le da un principio y un final a ese sentimiento).  Hablar de ellos y ponerles nombre. Tratar de contextualizarlo en el momento que vivimos, temporalizarlos (entender que es algo temporal), y estar en contacto con las personas que queremos.

También debemos intentar extraer cosas positivas del día a día, hacer actividades que nos resulten placenteras, buscar distracciones y entretenimientos. Porque más que nunca son las pequeñas cosas agradables las que hacen más llevaderas una situación desagradable, incierta y de cierta forma bastante incontrolable. Son pinceladas y no hay fórmulas mágicas. Las circunstancias son quizá las más duras que la mayoría hemos sufrido, pero esto no es impedimento para fomentar la resiliencia, el coraje y la solidaridad.

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