SOPLAN VIENTOS: MALOS TIEMPOS PARA LAS PREGUNTAS

Hay dos clases de preguntas: aquellas que demandan una información de alguien que la posee y de cuya respuesta esperamos el conocimiento que necesitamos sobre algo, y aquellas otras que se formulan como invitación a la reflexión. Son preguntas, estas últimas, que no nacen de la ignorancia sobre una materia, sino que se originan en la insuficiencia de las respuestas ya conocidas sobre la cuestión que tratan.

Por ejemplo: si yo pregunto qué hora es, cual es la capital de Etiopia o cual es la fórmula del dióxido de carbono, alguien me dirá, que son las 12,30, pongamos por caso, que la capital de Etiopia es Adís Abeba, y que a temperatura ambiental (20-25ºC), el dióxido de carbono es un gas inodoro e incoloro, ligeramente ácido y no inflamable, con la fórmula molecular CO2. Estas preguntas corrientes que anteceden a las respuestas y desaparecen con ellas.

Sin embargo, si nos interrogamos sobre el sentido de la vida, o sobre qué es de verdad la democracia, no lo hacemos esperando que alguien nos dé una respuesta definitiva. Sabemos que, eso es imposible porque son preguntas que no pueden ser canceladas con ninguna respuesta, y que nos invitan a reflexionar. Pero estamos más preparados para responder que para preguntar. La duda la entendemos como muestra de debilidad en nuestra conformación cultural. Nos afrenta reconocer que no sabemos, porque asociamos el conocimiento con la suficiencia, y la verdad con la infalibilidad. Rechazamos la problematización de las cosas y preferimos la comodidad de las certezas que no deben ser cuestionadas. Ahora, ¿por qué no deben ser cuestionadas? ¿por qué ese rechazo a enfrentarnos a la infinita complejidad de la realidad?  Porque Somos adoradores de las respuestas cabales y solidas o, al menos, que aparenten serlo. Queremos soluciones a todo lo que nos acontece en nuestras vidas, y, además, que sean compatibles con aquellas que nosotros consideramos las adecuadas según nuestra visión particular. La interpelación, por lo tanto, solo es una mediación o vehículo que nos debe transportar a la respuesta que nos libre de la zozobra de la interrogación.

  Pero el ansia de respuestas a todo aquello que nos inquieta y la necesidad de sosegar cuanto antes nuestras inseguridades, nos lleva, muchas veces, a aceptar como buenas, respuestas de poca solvencia y de fundamentos más ilusorios que reales.

Nuestro tiempo se caracteriza por ser un tiempo de muchas respuestas y pocas preguntas. Respuestas que se jactan de ser indiscutibles porque se nos presentan cubiertas del envoltorio del cientificismo, en unos casos, y en el grado de adhesión que las mayorías sociales manifiestan sobre una cuestión, en otros. Este último, la llamada voluntad de la mayoría, se entiende muchas veces como una especie de nuevo empirismo que no admite discusión, y que convierte la razón en una cuestión matemática. Pensamos muchas veces que si la mayoría está de acuerdo con una determinada versión de la realidad, esa debe ser la verdadera. Sin embargo, la historia nos demuestra que muchos valores, prejuicios y creencias que han sido los pilares del pensamiento dominante durante mucho tiempo, se derrumbaron sin remedio ante la mirada atónita de los que confiaban en ellos. Todo lo que es fruto de la creación humana es provisorio. Toda verdad no deja de ser un prejuicio que terminará, antes o después, por ser sustituido por otro.

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