Historia: EL CONVENTO FRANCISCANO DE SAN ONOFRE EN LA LAPA

En una sierra próxima a La Lapa, ocupando una atalaya privilegiada cubierta de olivos, jaras, zumacales y huertas, que configuran un entorno natural de extraordinario atractivo, se divisan las ruinas de un antiguo convento franciscano dedicado a San Onofre, que en tiempos estuvo compuesto por una iglesia, un claustro, un mirador, un refectorio, celdas, algunas albercas y otras dependencias.

Se dice que el nombre de la localidad procede del portugués, pues en dicho idioma es un término equivalente al castellano “cueva” o “gruta”, y que precisamente recibió este apelativo por una pequeña cavidad que existía en el solar del convento de la cual manaba agua en abundancia.

Sin duda, los restos de este pequeño tesoro arquitectónico nos permiten descubrir una pequeña parte de la historia de nuestra comarca, a través del análisis de la evolución del espacio que ocupó desde su construcción hasta su actual estado de conservación. Efectivamente, tras la reconquista de Zafra en 1241, las tierras de La Lapa quedaron vinculadas a los dominios de la villa, adscrita ésta al Concejo de Badajoz, hasta que en 1394 pasó a manos de la familia Suárez de Figueroa.

Ya a finales del siglo XV, concretamente en 1447, el conde de Feria, D. Lorenzo Suárez de Figueroa, decidió fundar en aquel paraje una humilde ermita para dar cabida a algunos religiosos de la Orden Franciscana. Unos años más tarde, en 1489, la Bula Papal Expocit Tuae Devotronis, dirigida por D. Gómez II Suárez de Figueroa, facilitó la construcción en dicho oratorio de un convento franciscano dedicado a San Onofre -el famoso anacoreta que vivió en el desierto de Egipto, cerca de Tebas, a finales del siglo IV- dependiente del convento de San Benito de Zafra, ambos pertenecientes a la provincia de Santiago de la Observancia Franciscana.

El convento tuvo una floreciente vida monacal y en él llegaron a habitar unos 150 religiosos a finales del siglo XVI, siendo uno de los más notables de la Orden en la zona. El agreste paraje donde se ubicaba invitaba al recogimiento y a la oración, y de hecho llegaron a levantarse en sus alrededores hasta cuatro ermitas. Un buen ejemplo de la importancia que llegó a adquirir el convento en aquel tiempo es la inversión de 1.000 ducados que Gómez III Suárez de Figueroa y Córdoba, primer Duque de Feria, realizó para la reforma del complejo. Una obra que fue dirigida por el maestro albañil Andrés de Maheda, encargado también de finalizar la Iglesia de la Candelaria en Zafra en la misma época.

    Sin embargo, quien realmente dio fama de santidad a este convento fue el fraile Juan de Garavito y Vilela de Sanabria, natural de Alcántara, conocido popularmente como San Pedro de Alcántara, venerado actualmente como patrono de Extremadura, quien fue nombrado Padre Guardián en 1532, ejerciendo dicho cargo hasta 1535. En este convento escribió parte de su obra, otorgándole una gran importancia espiritual al edificio. De hecho, se cree que entre sus paredes pudo escribir el libro “Oración y Meditación”, uno de los más importantes de la literatura mística española.

A nivel arquitectónico el convento pasó por distintas etapas constructivas y diversas transformaciones bajo la protección de la casa de Feria, consiguiendo una etapa de estabilidad y esplendor con una amplia comunidad de frailes durante el siglo XVI. El pequeño oratorio erigido en 1447 se convirtió en un imponente convento, cuya estructura era la común para los edificios conventuales de la época, con dos plantas articuladas en torno a un claustro y con diversos recursos para la labranza y la subsistencia -como aljibes y establos-. Como elementos llamativos contaba con un torreón fortificado y un ingenioso sistema de canalización del agua corriente. Igualmente, poseía un singular mirador que servía de atalaya, ya que su intencionalidad desde un principio fue claramente residencial, habida cuenta de que era el lugar elegido por los Condes y Duques de la casa de Feria para residir durante determinadas temporadas del año. También debe destacarse su biblioteca, que contaba con un importante volumen de libros. Sin embargo, con la desamortización de Mendizábal de 1836 estos libros fueron quemados o pasaron a propiedad privada.

Precisamente la desamortización fue el comienzo de su declive y de la disputa sobre su titularidad. Los ocho frailes que aún quedaban en el convento se vieron obligados a abandonarlo, pasando éste a ser propiedad del ayuntamiento. Tras la emancipación de La Lapa de la villa de Zafra en 1842 y la creación de la iglesia parroquial al año siguiente, el convento perdió su actividad religiosa, aunque durante muchos años acogió la romería de San Isidro y el entierro de los vecinos, quedando ya en total desuso a finales del siglo XIX.

En la actualidad, el terreno donde se ubicaba el convento es propiedad privada. El estado de conservación del mismo es muy precario, pues solo se conservan en pie ciertos elementos de la planta baja del mismo, así como el torreón. También se pueden observar algunos elementos decorativos que han resistido al paso del tiempo, como sus magníficos esgrafiados, gracias a la importante labor de restauración llevada a cabo por sus actuales propietarios. Pese a todo, el lugar continúa conservando el silencio y ofreciendo el remanso de paz que alimentó durante varios siglos las almas de los frailes que lo habitaron.

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