Soplan Vientos: Elecciones Generales

Las próximas elecciones generales serán anticipadas porque una moción de censura, que aún no ha sido justificada en términos de intereses nacionales, derrocó al Gobierno anterior.  La estabilidad institucional y el cumplimiento íntegro de los mandatos, son un valor democrático añadido que debe ser más respetado de lo que ha sido hasta ahora. Los gobiernos son elegidos para cuatro años, y aunque sea legítimo que el Parlamento provoque su dimisión anticipada, es algo que debe entenderse como el último recurso ante una grave crisis política que no pueda ser resuelta por otras vías, y siempre que el cambio resulte una solución en sí mismo. Ninguna de esas dos condiciones se ha dado en este caso. La estrafalaria alianza de partidos que provocó la caída de Mariano Rajoy, fue el resultado de una concurrencia de intereses espurios que iban desde la voluntad de debilitar al Estado por parte de los partidos separatistas como venganza por la aplicación del artículo 155, hasta la desmesura de esa rara izquierda de Podemos dispuesta siempre a apoyar cualquier propuesta, venga de donde venga, no por sus contenidos, sino por la radicalidad desestabilizadora que puedan suponer. Prueba de ello es que lo mismo hace suyo el separatismo reaccionario de la burguesía catalana, y el no menos reaccionario e insolidario movimiento de los taxistas, como las ocupaciones de fincas en Andalucía o la lucha contra los desahucios. No importan los significados, solo su capacidad de impactar sobre lo que ellos consideran un régimen a derrumbar. En esa radicalidad inútil para la gente que dicen representar, está la causa del enorme fracaso electoral que todas las encuestas les vaticinan.

Como beneficiario de todo ello, el gran forjador de una de las operaciones políticas más oportunistas, desleales, y eficaces de la democracia. Un dirigente de ambición personal patológica, capaz de llevar a cabo un plan que parecía imposible: vencer a su partido primero, y conseguir después ser presidente del gobierno con 84 diputados de 350.

No sabemos cuál será el resultado de las próximas elecciones. Pero es seguro que no resolverá el verdadero problema que, a mi entender, sufre nuestro sistema político, como es la ausencia de un verdadero parlamentarismo, y la consolidación de un modelo de partidos políticos caudillistas y de funcionamiento autoritario, que han eliminado cualquier atisbo de debate interno o de toma de decisiones colegiadas, homologando la disidencia con la traición. La implantación de las llamadas primarias para elegir a los máximos dirigentes, ha significado investir a los líderes de un poder absoluto sin sometimiento a ninguna clase de control interno ni ponderación. La forma descaradamente despótica de designación de los candidatos y la inmisericorde purga de todo aquel que no fuera de probaba sumisión al líder, prescindiendo de sus méritos o capacidades, es algo totalmente ajeno a un sistema democrático. Esos caudillos son los que deciden quienes serán los diputados que les “representen a ellos” en el Congreso y en el Senado. El pueblo refrendará el número que le corresponde a cada uno, pero eso no es parlamentarismo.  Es otra cosa.

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